Integridad

Tuvo como profesor a su ángel de la guarda que le enseño que un fracaso no siempre es perder. ella lo aprendió, lo masticó y por fin supo reir

10 mar 2014

fire

- por favor - suplicó, y la sujetó por los brazos.
El contacto los afectó por igual. Atrapados en la intensidad del momento, se miraron a los ojos, pero la agresividad de antes se había esfumado. Necesitaba mostrarle su poderío, quería marcarla como de su propiedad, y al mismo tiempo lo urgía protegerla, apartarla del mundo que tanto daño podía causarle y de quienes la reclamaban, porque le pertenecía a él.
Sí, que ella le perteneciera a él, pero él también quería pertenecerle a ella; quería que lo acogiese en ese mundo de alegría que se formaba en torno a ella. Su fuerza e imperio lo convertían en un hombre torpe y mudano con el trato de la única mujer bondadosa que conocía, no soportaba su mirada de desprecio ni la condena en sus ojos.
Todo acontecía demasiado aprisa. Esos sentimientos eran tan súbitos y tan nuevos que lo enmudecían. Las ansias que experimentaba -de dominarla, de protegerla, de pertenecerle, de lograr su beneplácito-, tan disímiles unas de las otras y tan ajenas a su temperamento, lo exponían en carne viva con una mujer que lo desdeñaba. Ella no lo sabía, pero contaba con el poder para herirlo. Aquella certeza lo inquietó "¿Por qué está pasándome esto?", e hizo un esfuerzo por zafar del encadenamiento en el que lo sumían esos ojos.
Su mirada cayó en su boca y si excitación comenzó a elevarle las pulsaciones.
Ella intuyó que quería decirle algo pero que no acertaba con las palabras. No se animaba a desviar los ojos de él, parecía que si lo hacía algo se haría añicos. Sus manos seguían sujetándola con firmeza, sin dañarla. La habían tocado antes, muchas veces y no le habían hecho sentir nada. Se había dejado envolver por otros brazos pensando que de eso se trataba, de no sentir nada. Ahora entendía que se había equivocado. Las manos de ese inglés parecían quemarla, al tiempo que agitaban una corriente a veces fría, a veces cálida, que le surcaba el tiempo.
Por primera vez en mucho tiempo se sentía segura y la cercanía de un hombre no la aterrorizaba.